Hace unos días leí que en una de las tiendas de Valladolid de la cadena Primark, una madre lactante había sido “invitada” a salir de la tienda y usar la sala de lactancia mientras amamantaba a su bebé.
A raíz de este incidente, se convocó a todas las madres lactantes a manifestarse en la puerta de las distintas tiendas de la cadena y hacer una tetada masiva reivindicando este… ¿derecho?
Siguiendo con las reivindicaciones, se ha creado una petición en Change.org para solicitar a Ana Mato (Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad) una ley de protección para la lactancia materna en público.
Muy bien, y ahora me pregunto ¿en qué parte de la “involución” me he quedado?.
La alimentación forma parte de las necesidades vitales de los seres vivos. Nosotras, las mujeres, como animales mamíferos que somos, alimentamos a nuestras crías con nuestras mamas, las que parecen estar destinadas únicamente al placer sexual (propio y ajeno).
En qué cabeza cabe que una madre amamantando a su bebé sea un acto impúdico. Qué ojos retrógrados pueden ver este acto como algo sexual e inmoral. Y es que creo que tanta involución nos está desnaturalizando.
Nuestro cuerpo, al que considero una máquina perfecta, está preparado para crear vida. Durante meses, alimentamos a nuestro bebé dentro de nuestro útero y le aportamos todo lo que necesita para nacer. Biológicamente, ambos (cría y madre), estamos preparados para el momento del parto, todo tiene su sentido, cada paso está marcado por la propia naturaleza y por supuesto, estamos preparados para alimentar a nuestras crías. Forma parte de la vida. Pero como ocurre en muchas ocasiones, dejamos de escuchar a nuestro cuerpo, llevándonos a ser la única especie que va en contra de su instinto.
La lactancia no es un derecho que defender, ni necesita una ley protectora. Es algo vital, es naturaleza pura.
E.M.B.
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jueves, 29 de agosto de 2013
domingo, 13 de febrero de 2011
Acoso escolar o "bullying"
El acoso escolar en los centros educativos se refiere a todas aquellas actividades de intimidación, humillación, persecución y agresión que comete un grupo de estudiantes contra otro sin motivo.
Para los agresores es una forma de sentirse importantes y de controlar y dominar al resto de los estudiantes, valiéndose del terror que infunden a uno en concreto, durante meses o incluso años.
Para el acosado significa una auténtica pesadilla que le hará sentir terror y le mina la autoestima hasta tal punto de querer cambiar de centro, abandonar su educación o atentar contra su propia vida para terminar con su angustia.
Los datos de acoso escolar en nuestro país son lo suficientemente significativos para constituir un grave problema.
Los menores SIEMPRE deben dar a conocer su problema. Debido al terror y a la humillación que sienten, no hablan de lo que están sufriendo por miedo a represalias por parte de sus agresores, o por vergüenza. A veces llegan incluso a culparse por ser víctimas, y ellos NUNCA SON CULPABLES de lo que les pasa.
Cuando el acoso todavía no es muy grave, han de intentar ignorar a sus agresores, intentar hacerles ver que no le importa lo que le digan, lo que hagan, porque su malestar es lo que buscan.
Si el acoso empieza a ser más peligroso, nunca deben quedarse solos ante el problema, deben huir en busca de un adulto para buscar protección.
Deben hablar con sus padres, pedirles ayuda, y estos han de responder con su total apoyo y hacer lo posible para frenar el problema. Si sus padres no son lo suficientemente responsables, deben hablar con otro adulto: un profesor, el director del centro, cualquier persona que esté en el ámbito donde sufre el acoso. Pero cualquier otro adulto de confianza puede ser clave para escucharle y ayudarle.
La familia es la base de la educación del menor. Los padres tienen que ser los principales educadores, siendo conscientes de que los profesores tienen la misión de enseñar a los niños diferentes materias, pero los valores fundamentales de civismo, sociabilidad, convivencia, respeto y solidaridad deben aprenderse en la propia familia. Deben dedicar el tiempo necesario a sus hijos para controlar su crecimiento, sus actividades, sus proyectos, sus preocupaciones, y orientarlas de un modo correcto. La educación en las escuelas jamás podrá suplir la educación en la familia.
Deben procurar ofrecerles un ambiente de distensión, sin peleas, sin una disciplina férrea, que fomente la comunicación con sus hijos. Siempre debemos recordar que un niño es el reflejo de lo que vive en su hogar.
Ante la aparición de síntomas extraños en el niño: cambios de humor, pesadillas, irritabilidad, soledad, silencios, falta de participación en actividades escolares, insomnio, pérdida de sus objetos personales en la escuela, aparición de muestras de agresión en su cuerpo; no deben callar, han de intentar por todos los medios que el niño cuente qué le está pasando.
Por otro lado, las escuelas también juegan un papel fundamental. Deben establecer reglas de conducta y una vigilancia adecuada de su cumplimiento. Además, es importante que se establezcan charlas, tutorías, cursos que traten sobre el tema para concienciar a sus alumnos, e introducir asignaturas que eduquen en los valores básicos de convivencia y respeto.
Para los agresores es una forma de sentirse importantes y de controlar y dominar al resto de los estudiantes, valiéndose del terror que infunden a uno en concreto, durante meses o incluso años.
Para el acosado significa una auténtica pesadilla que le hará sentir terror y le mina la autoestima hasta tal punto de querer cambiar de centro, abandonar su educación o atentar contra su propia vida para terminar con su angustia.
Los datos de acoso escolar en nuestro país son lo suficientemente significativos para constituir un grave problema.
¿Qué puede hacer el menor acosado?
Los menores SIEMPRE deben dar a conocer su problema. Debido al terror y a la humillación que sienten, no hablan de lo que están sufriendo por miedo a represalias por parte de sus agresores, o por vergüenza. A veces llegan incluso a culparse por ser víctimas, y ellos NUNCA SON CULPABLES de lo que les pasa.
Cuando el acoso todavía no es muy grave, han de intentar ignorar a sus agresores, intentar hacerles ver que no le importa lo que le digan, lo que hagan, porque su malestar es lo que buscan.
Si el acoso empieza a ser más peligroso, nunca deben quedarse solos ante el problema, deben huir en busca de un adulto para buscar protección.
Deben hablar con sus padres, pedirles ayuda, y estos han de responder con su total apoyo y hacer lo posible para frenar el problema. Si sus padres no son lo suficientemente responsables, deben hablar con otro adulto: un profesor, el director del centro, cualquier persona que esté en el ámbito donde sufre el acoso. Pero cualquier otro adulto de confianza puede ser clave para escucharle y ayudarle.
¿Qué se puede hacer contra el acoso escolar?
La familia es la base de la educación del menor. Los padres tienen que ser los principales educadores, siendo conscientes de que los profesores tienen la misión de enseñar a los niños diferentes materias, pero los valores fundamentales de civismo, sociabilidad, convivencia, respeto y solidaridad deben aprenderse en la propia familia. Deben dedicar el tiempo necesario a sus hijos para controlar su crecimiento, sus actividades, sus proyectos, sus preocupaciones, y orientarlas de un modo correcto. La educación en las escuelas jamás podrá suplir la educación en la familia.
Deben procurar ofrecerles un ambiente de distensión, sin peleas, sin una disciplina férrea, que fomente la comunicación con sus hijos. Siempre debemos recordar que un niño es el reflejo de lo que vive en su hogar.
Ante la aparición de síntomas extraños en el niño: cambios de humor, pesadillas, irritabilidad, soledad, silencios, falta de participación en actividades escolares, insomnio, pérdida de sus objetos personales en la escuela, aparición de muestras de agresión en su cuerpo; no deben callar, han de intentar por todos los medios que el niño cuente qué le está pasando.
Por otro lado, las escuelas también juegan un papel fundamental. Deben establecer reglas de conducta y una vigilancia adecuada de su cumplimiento. Además, es importante que se establezcan charlas, tutorías, cursos que traten sobre el tema para concienciar a sus alumnos, e introducir asignaturas que eduquen en los valores básicos de convivencia y respeto.
Los profesores han de vigilar cualquier síntoma de acoso, ponerlo en conocimiento del centro y actuar de una forma rápida y contundente ante el problema.
Las instituciones deben crear medios para que los niños puedan denunciar fácilmente y sin demora cualquier tipo de acoso que estén sufriendo. Han de desplegar los medios suficientes para que los menores se sientan protegidos y seguros. La asistencia psicológica a los agredidos es fundamental, por tanto deben garantizar el acceso a ella. Es fundamental que ofrezcan su total apoyo a los padres y adoptar las medidas pertinentes para cortar este problema de raíz, dándoles más poder de acción a los centros educativos, y en casos muy graves, adoptando castigos ejemplares hacia los agresores.
Por otro lado, los medios de comunicación deben “limpiar” sus noticias al respecto de todo morbo, tratando este tema de una forma educativa, que no fomente más acciones de este tipo. No se debe crear “alarma social” (esto alimenta la conducta de los “matones”), sino preocupación y concienciación ante el problema.
Como sociedad, TODOS debemos actuar frente a un síntoma de acoso, reprendiendo al niño que haya pegado a otro, que lo haya humillado o insultado. Nunca debemos menospreciar este problema, siempre debemos escuchar al menor que está sufriendo acoso y nunca subestimar lo que está sintiendo.
Debemos además educar a nuestros hijos de una forma activa frente a las agresiones. Muchos niños son espectadores de las mismas y no las denuncian, por miedo a ser víctimas potenciales si hablan, o tristemente, por querer hacerse del grupo de los “matones”. Debemos concienciarlos de que ese no es el camino, que ante el acoso de otro, todos debemos actuar. Hay que hacerles entender que es una práctica que no lleva a ningún lado, que lo único que hace es DESTRUIR la vida del otro.
Raquel Ruiz.
jueves, 10 de febrero de 2011
Una familia para todos los niños
Si en el mundo hay muchos menores que no tienen la suerte de tener una familia que les quiera, resulta lógico apostar por aquellas en las que los niños no sean biológicos. Si además, estos viven en países subdesarrollados, sin futuro alguno o precario, la idea de adoptarles gana más adeptos.
La adopción de un hijo es un acto en el que prima el amor y la sensibilización; por eso, y porque resulta más rápido y más fácil, la adopción internacional supera a la propia del país; y es que adoptar un niño español supone una espera de hasta casi nueve años.
En España, la comunidad autónoma con más adopciones es Cataluña, seguida de Andalucía, Madrid y la Comunidad Valenciana. Cada vez más parejas que pueden engendrar hijos propios, o que ya cuentan con ellos, se suman a esta iniciativa; así como hombres y mujeres solteros con ninguna intención de tener pareja. Asimismo, aunque en un porcentaje mínimo, hay quienes adoptan a niños con síndrome de Down u otras discapacidades psíquicas o, incluso, físicas.
Aquel que quiere ser padre o madre adoptivo debe cumplir ciertos requisitos como son: ser mayor de 25 años y una diferencia de 14 años mínimo con el hijo a adoptar; o en el caso de ser una pareja que al menos lo cumpla uno de los dos; no puede haber estado incapacitado judicialmente, ni haber sido privado legalmente de la patria potestad del menor.
Respecto a las parejas homosexuales, no pueden adoptar niños en el extranjero ya que las normas se rigen por las del país de origen del menor y ninguno con convenio, lo admite (únicamente Sudáfrica, pero no tiene convenio con nuestro país); pero un menor puede ser adoptado por una persona de manera individual, independientemente de su orientación sexual, salvo en China que es el único país que rechaza a un adoptante individual si es homosexual. De este modo muchas parejas de gays y lesbianas adoptan niños, o los tienen biológicamente mediante inseminación o contratando madres de alquiler. Aún así no se reconoce la posibilidad de adopción de sus parejas con lo que ante el fallecimiento o incapacidad del padre o madre biológico, no se garantiza que el niño siga unido con el otro padre o madre, algo ilógico completamente si lo que se pretende es pensar en el bienestar del niño.
Otra manera de dar una familia a un niño es mediante el acogimiento de menores. Este método ofrece la posibilidad de convivir con una familia el tiempo que sea necesario hasta reunirse con la suya; pero dicho acogimiento también puede ser permanente y ser una fase previa a la adopción definitiva.
Para la adopción internacional hay que solicitar informes en la agencia o ministerio responsable y contactar con una asociación de adopciones internacionales. Son asociaciones sin ánimo de lucro que destinan parte de ese dinero a realizar proyectos de cooperación internacional (asegurándose siempre de su fiabilidad y legalidad). Al igual que sucede con la adopción nacional, superadas unas pruebas psicosociales y diferentes entrevistas con los trabajadores sociales, se entregará el Certificado de Idoneidad.
Adoptar en el extranjero, es más rápido y fácil pero requiere una serie de requisitos y cierto nivel económico, ya que implica una serie de gastos. Dependiendo del país, el adoptante tendrá que estar un determinado tiempo en él para regresar con el niño, y no todas las personas pueden permitirse una excedencia en el trabajo de varios meses y pagarse la estancia.
Hay que contar, además, con el dinero invertido en el Certificado de Idoneidad, las tasas de autentificación de los documentos en el consulado ya que no siempre es gratis; la traducción de los mismos si es necesaria; los honorarios de un notario que los legalice, así como los del abogado, si es necesario, en el país de adopción.
Los costes del proceso de una adopción internacional varían en función del país; si el origen del niño es un país del Este el gasto es mucho más mayor que si es de Sudamérica. Hay que sumar también el dinero que se abona a la agencia de adopción. Varían también los requisitos en cuanto a cumplir con el perfil del adoptante, ya que en algunos países no se permite la adopción a parejas de hecho, en otros no se permite a solteros y en algunos como el Perú es requisito obligatorio que uno de los cónyuges tenga al menos la secundaria. También varía la edad mínima y máxima que exigen a los adoptantes y el tiempo de espera para que el menor sea adoptado.
Una vez que los futuros padres están en el país de adopción, conocen al niño y se relacionan con él. Después deben hacer la inscripción de la adopción en el registro del consulado del país de los padres en el extranjero y expedir el pasaporte del menor, y la solicitud del visado en el consulado español y la transcripción en el Registro Civil de España.
Con la llegada del niño, comienza una nueva vida en familia no exenta de dificultades, como la adaptación del niño a una nueva cultura, clima, alimentación, idioma… o, incluso, explicarle que es adoptado y resolver muchas dudas que tendrá en su día a día, como por qué sus padres biológicos no están con él o saber enfrentarse a posibles críticas de otros niños; aunque nada comparable con el hecho de ser padres y dedicarse por completo al que más quieres.
La adopción de un hijo es un acto en el que prima el amor y la sensibilización; por eso, y porque resulta más rápido y más fácil, la adopción internacional supera a la propia del país; y es que adoptar un niño español supone una espera de hasta casi nueve años.
En España, la comunidad autónoma con más adopciones es Cataluña, seguida de Andalucía, Madrid y la Comunidad Valenciana. Cada vez más parejas que pueden engendrar hijos propios, o que ya cuentan con ellos, se suman a esta iniciativa; así como hombres y mujeres solteros con ninguna intención de tener pareja. Asimismo, aunque en un porcentaje mínimo, hay quienes adoptan a niños con síndrome de Down u otras discapacidades psíquicas o, incluso, físicas.
Aquel que quiere ser padre o madre adoptivo debe cumplir ciertos requisitos como son: ser mayor de 25 años y una diferencia de 14 años mínimo con el hijo a adoptar; o en el caso de ser una pareja que al menos lo cumpla uno de los dos; no puede haber estado incapacitado judicialmente, ni haber sido privado legalmente de la patria potestad del menor.
Respecto a las parejas homosexuales, no pueden adoptar niños en el extranjero ya que las normas se rigen por las del país de origen del menor y ninguno con convenio, lo admite (únicamente Sudáfrica, pero no tiene convenio con nuestro país); pero un menor puede ser adoptado por una persona de manera individual, independientemente de su orientación sexual, salvo en China que es el único país que rechaza a un adoptante individual si es homosexual. De este modo muchas parejas de gays y lesbianas adoptan niños, o los tienen biológicamente mediante inseminación o contratando madres de alquiler. Aún así no se reconoce la posibilidad de adopción de sus parejas con lo que ante el fallecimiento o incapacidad del padre o madre biológico, no se garantiza que el niño siga unido con el otro padre o madre, algo ilógico completamente si lo que se pretende es pensar en el bienestar del niño.
Otra manera de dar una familia a un niño es mediante el acogimiento de menores. Este método ofrece la posibilidad de convivir con una familia el tiempo que sea necesario hasta reunirse con la suya; pero dicho acogimiento también puede ser permanente y ser una fase previa a la adopción definitiva.
Para la adopción internacional hay que solicitar informes en la agencia o ministerio responsable y contactar con una asociación de adopciones internacionales. Son asociaciones sin ánimo de lucro que destinan parte de ese dinero a realizar proyectos de cooperación internacional (asegurándose siempre de su fiabilidad y legalidad). Al igual que sucede con la adopción nacional, superadas unas pruebas psicosociales y diferentes entrevistas con los trabajadores sociales, se entregará el Certificado de Idoneidad.
Adoptar en el extranjero, es más rápido y fácil pero requiere una serie de requisitos y cierto nivel económico, ya que implica una serie de gastos. Dependiendo del país, el adoptante tendrá que estar un determinado tiempo en él para regresar con el niño, y no todas las personas pueden permitirse una excedencia en el trabajo de varios meses y pagarse la estancia.
Hay que contar, además, con el dinero invertido en el Certificado de Idoneidad, las tasas de autentificación de los documentos en el consulado ya que no siempre es gratis; la traducción de los mismos si es necesaria; los honorarios de un notario que los legalice, así como los del abogado, si es necesario, en el país de adopción.
Los costes del proceso de una adopción internacional varían en función del país; si el origen del niño es un país del Este el gasto es mucho más mayor que si es de Sudamérica. Hay que sumar también el dinero que se abona a la agencia de adopción. Varían también los requisitos en cuanto a cumplir con el perfil del adoptante, ya que en algunos países no se permite la adopción a parejas de hecho, en otros no se permite a solteros y en algunos como el Perú es requisito obligatorio que uno de los cónyuges tenga al menos la secundaria. También varía la edad mínima y máxima que exigen a los adoptantes y el tiempo de espera para que el menor sea adoptado.
Una vez que los futuros padres están en el país de adopción, conocen al niño y se relacionan con él. Después deben hacer la inscripción de la adopción en el registro del consulado del país de los padres en el extranjero y expedir el pasaporte del menor, y la solicitud del visado en el consulado español y la transcripción en el Registro Civil de España.
Con la llegada del niño, comienza una nueva vida en familia no exenta de dificultades, como la adaptación del niño a una nueva cultura, clima, alimentación, idioma… o, incluso, explicarle que es adoptado y resolver muchas dudas que tendrá en su día a día, como por qué sus padres biológicos no están con él o saber enfrentarse a posibles críticas de otros niños; aunque nada comparable con el hecho de ser padres y dedicarse por completo al que más quieres.
Rosi Legido.
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Familia
domingo, 23 de enero de 2011
Miedo al matrimonio homosexual
Las Naciones Unidas para los Derechos Humanos considera que el matrimonio es un derecho que asiste a todas las personas independientemente de su orientación sexual; de este modo, el matrimonio entre personas del mismo sexo en España fue legalizado en el año 2005. Modificado el código civil se permitieron otros derechos como la adopción, la herencia o pensión de los mismos.
Pese a que la mayoría de los españoles apoyan esta ley, la implantación de la misma generó movilizaciones en contra de dichas uniones e, incluso, de que se llame “matrimonio” tanto a las parejas heteros como homosexuales.
Dónde está el ataque, dónde el peligro. Los oponentes echan mano de la etimología y argumentan la defensa de que el matrimonio sea único y exclusivo de los heterosexuales porque proviene del latín matrimonium, de mater (madre) y monium (calidad de), lo que significa el derecho de una mujer a ser madre dentro de un marco legal. Me pregunto entonces si debiera vetarse este derecho a aquellos matrimonios heteros que no quieren o no pueden tener hijos.
Según la Real Academia Española se llama matrimonio a la unión de un hombre y una mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales; tal vez ya es hora de que la terminología se adecue a los tiempos que corren porque la sociedad cambia y con ella, los conceptos.
Si de cambiar el nombre se trata, tal vez deberían llamarse todos los matrimonios, independientemente del sexo, enlaces oficiales reconocidos por el Estado, y cambiar el nombre en cuanto respecta a las diferentes religiones. Que la Iglesia católica u otras instituciones religiosas no acepten este tipo de uniones debe ser una idea respetada aunque no compartida por todos; sencillamente pone unas normas, aunque deberían ser exclusivas a su entrono y no querer imponer las leyes según sus doctrinas.
Si en el catolicismo el matrimonio se refiere al sacramento por el cual el hombre y la mujer se unen según las prescripciones de la Iglesia, tal vez debieran llamarlo matrimonio heterosexual, ya que se excluye a los gays y lesbianas.
Los hay que van más lejos y no quieren prohibir solo la palabra, sino el hecho de que dos personas del mismo sexo que comparten su vida, cuenten con los mismos derechos que otras heterosexuales. Rechazar estos tipos de matrimonios recuerda a las prohibiciones de antaño en que las uniones interraciales estaban prohibidas.
Respecto a las familias de este tipo con hijos, algunos se atreven a vaticinar casi la extinción del ser humano, alegando que los niños criados en ese ambiente tendrán más posibilidades de ser homosexuales; olvidan tal vez, que los actuales gays y lesbianas son hijos de un padre y una madre heterosexual. Otros defienden la idea de que todo niño tiene derecho a un padre y a una madre; habría que preguntarles entonces si debemos negar la custodia a un viudo o una viuda.
Un niño, como cualquiera, necesita una familia y da igual quién la componga; una familia es alguien que te cuida y a quien cuidar, independientemente de con quién se acueste un@.
La normalización de las relaciones LGTB son un ejemplo de los cambios culturales y, siempre, algo positivo para vivir en sociedad.
Rosi Legido.
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