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lunes, 11 de abril de 2011

Obediencia y bombillas de bajo consumo

Soy una persona obediente y disciplinada. El mérito no es mío. Pertenezco a una generación que debía ser obediente porque la desobediencia se pagaba muy caro. Nos enseñaron a obedecer, a ceder el asiento en el autobús o en la consulta del médico a las personas mayores. Una persona mayor no estaba de pie si un joven estaba sentado: éste se levantaba inmediatamente y dejaba el asiento a la persona mayor… las cosas eran así el siglo pasado. 

Como soy obediente, cuando el Alcalde de Madrid (en ese momento Juan Barranco) pidió a los madrileños que usaran el transporte público, yo, al día siguiente, dejé aparcado el coche y me fui muy decidida a la parada del autobús 5. Eran las siete y cuarto de la mañana… Hacía un frío espantoso… Cuando a las ocho menos diez no había pasado todavía ningún autobús y yo iba a fichar tarde, tuve que coger un taxi. Fiché tarde, por supuesto y, por supuesto, al día siguiente volví a coger mi Mini a las ocho menos veinte y fiché a tiempo, sin pasar frío y gastando bastante menos dinero que en el taxi. 

Sin embargo he seguido siendo obediente y las órdenes que vienen “de arriba” las acepto taxativamente porque pienso que siempre buscan el bien común. 

El 10 de febrero de 2009 nos enterábamos que las bombillas de bajo consumo no iban a ser fabricadas en España pero que, según el Sr. Ministro de Industria, Don Miguel Sebastián Gastón iban a ser adquiridas unos 20 millones de bombillas para repartirlas gratuitamente entre la población. 

El objetivo clarísimo era el que abaratar nuestra factura de electricidad, o dicho con otras palabras, gastar menos dinero en luz. 

Como la mayoría de los españolitos yo he ido cambiando las bombillas de mi casa con total inconsciencia, creyendo que estaba obrando bien, que era una ciudadana responsable… y lo soy, además de ignorante porque ahora me vengo a enterar que las bombillas de bajo consumo son un peligro REAL para la salud y sobre todo si se rompen, por el mercurio que contienen que es altamente tóxico. En caso de rotura de una de estas bombillas se recomienda:

  • Si se rompen, hay que evacuar a las personas de la habitación durante un cuarto de hora como mínimo y ventilar dicha estancia. 
  • No se debe utilizar una aspiradora automática para recoger los restos y hay que evitar inhalar el polvo. 
  • Se recomienda el uso de guantes para recoger los restos de la bombilla, y como se trata de un producto tóxico, se debería trasladar, en una bolsa o dos selladas adecuadamente, a un punto limpio del municipio dónde se encargarán de su reciclaje. (Consultar la página Soitu.es, patrocinada por Gas Natural). 

¿Por qué no nos informaron en su momento de esto? 

En la revista Discovery Salud queda suficientemente demostrado la toxicidad y peligrosidad de estas bombillas y que se ha tomado demasiado a la ligera la decisión de cambiar las bombillas “de toda la vida” por las de bajo consumo… muchos de nosotros nos empezamos a plantear el volver a comprar las viejas y tradicionales bombillas de filamento cuyo único riesgo es fundirse. 

¿Por qué? Pues porque según los expertos en el tema (me remito al informe de Discovery Salud) las bombillas de bajo consumo “producen una polución electromagnética notablemente mayor que las convencionales”. Otro de los inconvenientes es que “muchas personas reaccionan ante ellas con dolores de cabeza y, en casos extremos, con náuseas”. 

No ha sido mi caso. A mi no me han dado dolor de cabeza, ni me lo van a dar porque, de a poquito, a medida que pueda volveré a cambiar por las bombillas de toda la vida. ¿Por qué? Pues porque no quiero vivir con la espada de Damocles de “ojo con estas bombillas, si se rompen te pueden intoxicar”. ¿Y si se rompen mientras estamos durmiendo?. 

Mcarmen Pico Manville.
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viernes, 8 de abril de 2011

Las redes sociales

Le pregunté a Miguel ayer. “¿Tienes Face Book?”  Me contestó que no.
Teniendo en cuenta que es un hombre muy interesado y participativo en lo que se refiere a las nuevas tecnologías, me extrañó muchísimo.  Él me clarificó algo que yo venía pensando desde hace algún tiempo y que no tenía del todo claro.

La historia que me contó era más o menos así: Yo tenía una cuenta de correo en Hotmail, me dijo, un día mi hija me mandó una fotografía suya (quince años, una cría muy linda), y me preguntaba ¿que te parece? Me la he sacado yo sola con el móvil.  Le contesté, estas muy guapa, hija.  Como dos horas más tarde me llama mi madre por teléfono y me dice “Hijo, se te ve muy orgulloso de tu niña”.  No entendí por qué me decía eso, la verdad es que estoy muy orgulloso de mis hijos, el chico también es muy buen estudiante, y, hasta ahora ninguno de los dos me ha dado problemas. “Pues te lo digo porque he visto en Hotmail la foto de mi nieta y tu comentario”.  Le pregunté a qué comentario se refería y me dijo: “Al que tú pusiste, que dices que está muy guapa”.  Me molestó.  Por supuesto no me molestó que mi madre leyera un comentario que yo le hacía a mi hija.  Es mi madre.  Me molestó que eso fuera accesible a cualquier persona, conocida o no por mí.  Mi madre me dijo “No exageres, tampoco es un drama que todo el mundo sepa que te llevas bien con tu hija. Las redes sociales son para eso, para que la gente sepa lo que comentas.”  Pensé que en el fondo mi madre tenía razón.  En cualquier caso como es una cuenta de correo que no usaba mucho pensé que daba igual. 

No había pasado una semana cuando mi madre, un poco nerviosa y un mucho enfadada me llama y me pregunta “¿Te has bajado una película que se llama “La sobrina del cura es una guarra”?”  Le contesté que por supuesto no.  Ella me aconsejó-ordenó “Pues escribe a la dirección de Hotmail y diles que eso es mentira y que lo borren”.  Después de intentar ponerme en contacto con alguien de Hotmail que me ayudara a borrar esa aberración y no lograrlo, decidí borrar todos los contactos que tenía en esa cuenta, incluso los de mi familia.

Desaparecí.  Ya no estaba.  Ya nadie podía decir estupideces o mentiras contra mí.  Pedí a mi familia que también lo hiciera y logré así una tranquilidad total, o casi: dos meses más tarde me enteré por un policía amigo que la foto de mi hija les había aparecido en una redada de CDs de pornografía infantil.  Para mi era incomprensible cómo había llegado hasta ahí, pero lo que más daño nos hizo, a mi mujer y a mí, es que la niña aparecía desnuda.”

Cuando Miguel terminó su relato me preguntó ¿Comprendes ahora por qué no quiero saber nada de ninguna red social?  Hacen mucho más daño que bien.  En una red social cualquiera puede poner una barbaridad sobre ti y sí, puedes llegar a averiguar quien lo ha hecho por el IP del ordenador que ha emitido el mensaje.  Pero es difícil, es costoso y cuando lo averigües el daño ya está hecho y tu nombre o tu foto puede haber sido utilizado para cualquier cosa.

Los chavales de hoy día no se dan cuenta del riesgo que corren, creen que la persona con la que están en Twitter es un chico o una chica de su edad y, puede ser, porque ya ha sucedido más de una vez, que, a través de una red social estén chateando con un adulto que tiene intereses absolutamente criminales.

Me di cuenta que el tema a Miguel le quema, le hace arder de ira.  Me di cuenta de que esta moda de tener 2000, 3000 amigos es una forma de acumular nombres indistintos, como en un almacén de chatarra donde se alojan los desperdicios de todos los artefactos que he hemos ido desechando.

Me di cuenta de que una red social nunca podrá sustituir al café que te tomas con una amiga para que te cuente lo que ha hecho en el último año.  Porque ese café en Las Torres te permite ver, de verdad, a una persona.  Sentir y ver en una cara real, con arrugas, sin Photoshop, el asombro, la extrañeza, el disgusto, la alegría.

Ninguna red social puede sustituir al abrazo que le das al amigo que lleva un año y pico en Galicia. El contacto directo con el otro, el contacto directo con tu amigo es algo imposible de sustituir por ninguno de los 2999 “amigos” virtuales de Twitter.

Esto me hace recordar una anécdota,  Mi hijo tendría en ese momento unos ocho o nueves años.  Me pidió que le comprara un cacharrito de plástico que se llamaba Tamagochi (o algo parecido).  Me dijo que en ese artilugio de plástico estaba la quintaesencia de la mascota.  “Mira es un perrito al que tienes que dar de comer, recogerle las caquitas, sacarle a pasear, si no lo haces, se te muere”.  Mi hijo no entendía por qué yo me negaba tan obstinadamente a comprarle un juguetito que, además no era caro.

Me costó mucho hacerle entender que la perrita que teníamos en casa, que se llamaba Nandy, era mucho más bonita que el más bonito de los tamagochis, que era una perra de verdad y que el cuidarla le iba a dar, necesariamente, más satisfacciones que un cacho de plástico colgado del cuello por más real que pareciera el dibujito japonés.  No lo podía entender, no lo quería entender porque todos sus compañeros de colegio tenían uno y él, para su desgracia, tenía una perrita de verdad.

No sé si lo entendió o no tuvo más remedio que aceptarlo, porque yo no di mi brazo a torcer.  ¿Por qué me he acordado de esta anécdota? Porque las redes sociales, como el Tamagochi, son una engañifa para los que no tienen un amigo de verdad con el que tomarse un café en Las Torres.

Mcarmen Pico Manville.
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